Ayer dimos cuenta de la concesión del prestigioso Premio Joaquín Murube a nuestro amigo José María Jurado, quien por cierto es la persona mas cercana al ideal de "Hombre del Renacimiento", que conocemos, y nos ha parecido de gran interés ofrecer el texto íntegro del
Gracias de corazón por acompañarme en este momento tan feliz.
Y gracias a ABC de Sevilla por permitirme asomarme a la ventana abierta de la tribuna y cumplir el sueño de quien, desde muy niño, quiso ser escritor de periódicos.
Gracias a los miembros del jurado que han tenido la generosidad de premiar este 'Adiós a la ciudad malvada', que es, a la vez, una oda a la jacaranda y sus copas de amatista y una melancólica elegía al poniente morado de la tarde, cuando, vencido mayo, el Corpus restablece el orden natural de las cosas y la ciudad narcótica se repliega bajo la sombra de junio y echa sobre sí, sobre sus patios y calles, la blanca vela del verano.
Con esta melancolía quiero ahora tener un recuerdo para mi predecesor en el premio, el añorado Raúl del Pozo, que nos dejó apenas una semana antes de que volviera esta primavera que ahora acaba. En la inolvidable velada del año pasado afirmó que «Andalucía, con el Guadalquivir de las estrellas, es lo último que queda del paraíso».
Con Manuel Alcántara, con Manuel Ramírez, con Antonio Burgos seguro que nos contempla ahora desde el ABC de las estrellas.
El ABC de las estrellas, sí; porque basta un breve vistazo al telescopio del tiempo para divisar una nómina de firmas que son firmamento de la cultura de España. Todo el país, todo el mundo, toda la vanguardia -en esto no hay debate- pierde la razón por escribir en ABC. El español reconoce y venera al diario de Camba, Ruan y Wenceslao.
Yo no hubiera podido publicar mis tribunas, tan barrocas, tan… «intensitas», si no lo hubiera hecho en ABC... de Sevilla; y suene este «de Sevilla» como suena el «Y Sevilla» en el canto a Andalucía de Manuel Machado.
Cada día, en las Gradas de la Catedral, en los mentideros de Monipodio y la Alameda se escudriñan las páginas de ABC cabalísticamente, como se interpretaban los textos sagrados en la Escuela de Traductores de Toledo para determinar quién es quién en Sevilla. Acuérdense de esto cuando mañana se busquen en la galería del periódico.
El periodismo literario, es decir, el que aspira, además de a la verdad, a la belleza, constituye la esencia de ABC. En estos tiempos vasallos de la inmediatez, conviene recordar que la misión del periodismo no consiste -o no solo- en informar verazmente de los hechos, sino en ofrecer una interpretación de la realidad. Mientras los teletipos arden con la crónica, el periodista de raza escribe la historia. Lo digo con la admiración de quien contempla un oficio que, ay, no es el suyo. Antes que un mal poeta o un mal ingeniero, mi deseo primero hubiera sido ser un buen reportero.
Con dieciséis años llegué a dirigir una publicación que, con vocación franciscana, llamábamos 'Hermano Papel'. Todavía es el papel la materia en la que se escriben los sueños. No se pueden imaginar la alegría con la que acudo a retirar tres ejemplares al quiosco, dos son para que los guarden mis hijas, cada vez que publico.
Me abruma ver al pie de este artículo la firma de «poeta». La decisión de firmar así -y ahora hablo en plural, junto a mi compadre Lutgardo García, sin cuyo respaldo yo no hubiera llegado a ABC - no fue nuestra, sino de Alberto. «Poeta» es un nombre que uno no debe atribuirse a sí mismo, y aún menos en Sevilla, la capital lírica de España, donde debiéramos reservarlo para Bécquer, los Machado, Cernuda y… Romero Murube.
Aunque yo sospecho que la firma de poeta aparece porque «Ingeniero de Telecomunicación» se salía de la página.
«Mi poesía se ha beneficiado siempre de la ingeniería, y la ingeniería, a su vez, de la escritura. No hay tanta diferencia entre proyectar las comunicaciones del Plan Romero y escribir en plan Romero... Murube»
José María Jurado García-Posada
Ingeniero de telecomunicaciones y poeta
Los telecos, como las ondas hertzianas, tenemos vocación de invisibilidad aunque nuestra profesión es tangente al periodismo: telecomunicación es lo que sucede justo cuando el redactor pulsa el teclado, cuando hace clic el fotógrafo, cuando se enciende el piloto rojo y estamos en el aire.
Mi poesía se ha beneficiado siempre de la ingeniería, y la ingeniería, a su vez, de la escritura. No hay tanta distancia entre proyectar las comunicaciones del Plan Romero y escribir en plan Romero… Murube.
Llegados aquí siento que les debo una aclaración. Un andaluz jamás debería pedir perdón por su acento, pero acaso se pregunten por la ausencia del mío. Voy a intentar explicarles cómo me caí de pequeño en la marmita de Híspalis.
Los sevillanos, como los de Bilbao, nacemos donde queremos, pero yo nací, como casi todos, en el Virgen del Rocío. Mis ojos se abrieron a la luz por primera vez en la sevillanísima calle de Kansas City, aunque al año mis padres se mudaron a la Cruz del Campo. Yo imagino que crecer bajo los efluvios de la cebada y el lúpulo a tan tierna edad marca carácter. Y carácter es destino. Al templete de la Cruzcampo llegaron, en via crucis, las primeras cofradías desde la Casa de Pilatos, el camino inverso nos lleva de vuelta a la calle Águilas, donde había nacido mi madre, en la casa chica del palacio que da nombre a la calle por sus rapaces de piedra, aunque yo creo que recibe su nombre de las águilas de Roma que la cruzaban hace más de dos mil años. Allí fundaron su hogar mi abuelo Miguel, pregonero de la Semana Santa en 1954, y mi abuela Enriqueta, camarera del Calvario. Nunca he podido atravesar el umbral de Águilas 14, pero nunca he salido de allí. Mi madre subía a la azotea de su casa a contemplar los cielos que perdimos y yo creo que los cielos se transmiten por la sangre.
Si debo a alguien este premio es a mis padres, mi madre puede presumir, con el permiso del maestro Ignacio Camacho, de haber recibido el primer premio Romero Murube.
Os leo sus palabras:
«Conocí a Romero Murube porque era amigo de mi padre. En un bautizo delante de mucha gente, me hizo unas pruebas de cálculo y, como acertara todas, me proclamó 'la niña más lista de Sevilla', con el consiguiente orgullo de mi padre. Cuando murió mi padre, acudió a todas las misas que se dijeron por él, incluso a las gregorianas. No faltó ni un día y siempre que me veía me decía: 'con lo que te quería tu padre'. Mi hermano lo visitaba mucho en el Alcázar y siempre que volvía le traía a mi madre un ramo de flores que él cortaba en sus jardines.»
Se refiere mi madre a su hermano Miguel García-Posada, crítico histórico de ABC, donde editó en primicia los 'Sonetos del Amor Oscuro', la más célebre exclusiva literaria de la prensa española. En su libro de memorias, 'La quencia', Miguel escribía:
«Asistió a mi primera conferencia y se acercó a su término para felicitarme. Me invitaba a merendar en el Alcázar. Tardes inolvidables, Joaquín me hablaba de Lorca con amor y fervor.»
Romero Murbe y Juan Ramón Jiménez
Cuánto debo yo al fervor de Miguel por la literatura y por la Semana Santa de Sevilla que conocí de su mano. «Contigo vuelve García-Posada al ABC», me decía Lutgardo. A las palabras de Miguel, añadiré estas de Rocío Fernández Berrocal, mi mujer, también en ABC de Sevilla:
«Al entrar en el pueblo, no tan lejano, dirijo siempre una mirada entre nostálgica y curiosa a la Huerta de la Noria, ese pequeño Alcázar de Joaquín, cuyo legado llega vivo hasta nosotros como arquitecto espiritual de Sevilla».
Rocío es experta en la obra de Juan Ramón Jiménez, de quien ha dado a conocer libros inéditos, pero también de Romero Murube, sobre el que ha escrito una preciosa biografía para niños, 'El Sultán del Alcázar'.
Mis padres tuvieron que marcharse de Sevilla en 1978 arrastrados por un rosario de oposiciones, primero a Madrid, luego a Aracena y después a Cáceres, siempre en el Far West que por algo nació uno en Kansas City.
Porque mi abuelo conoció a Romero Murube en la Soledad, soy yo de la Soledad de San Lorenzo. Porque mi madre fue designada por Joaquín como la niña más lista de Sevilla, heredé la obligación de hacerme ingeniero. Porque paseé por las calles con Miguel García-Posada, heredé la ciudad de Joaquín, «esta arquitectura de imprecisiones en el alma».
Y porque mi mujer, mi novia entonces, Rocío, leía a Joaquín y a Juan Ramón, me volví yo a Sevilla -de donde nunca me había ido-, un mes de mayo de 1999 para ver por primera vez las jacarandas.
Llegué aquí, como llega John Wayne (otra vez Kansas City) a la Irlanda materna de 'El Hombre Tranquilo', con inmunidad heredada frente al lado malvado de la ciudad, que dicen que lo tiene, pero que yo no lo conozco sino en las copas de estos árboles que cada mayo estallan, morados o enamorados ante mis ojos, como se le aparece cada día la Giralda -recién creada- a quien vino de lejos a nacer por segunda vez en Sevilla.
Muchas gracias.
José María Jurado García-Posada
No hay comentarios:
Publicar un comentario