Esta decisión histórica pretendía salvar la monarquía borbónica en España, facilitando que su hijo, el futuro rey Alfonso XII, pudiera reinar más adelante.
Líderes alfonsinos, especialmente Antonio Cánovas del Castillo, la convencieron de que el pueblo español no aceptaría su regreso por el descrédito de su reinado.
Mientras España buscaba un monarca extranjero en las cortes europeas, los partidarios de los Borbones necesitaban una figura joven y sin el "desgaste" político de la reina.
La reina firmó el acta de abdicación en el Palacio de Castilla de París, cediendo todos sus derechos dinásticos a su hijo de tan solo 12 años.
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