El punto de partida es la gratuidad: Dios es quien toma la iniciativa de elegir a una persona ("Me has llamado..."). No se plantea desde el temor o la sumisión servil, sino desde la amistad con Cristo, reflejando directamente el pasaje evangélico de Juan 15,15:
"Ya no los llamo siervos... a ustedes los he llamado amigos".
Llevaré tus palabras en mi boca.
En mis manos tu pan y tu perdón. Seguiré los caminos de tus huellas. Viviré de tu mismo corazón. A los pobres daré la buena nueva. A los tristes consuelo en la aflicción. Romperé las cadenas y los cepos, sembraré la esperanza y la ilusión. Me has llamado, Señor, a ser tu amigo, tu presencia visible y fraterna. En tu nombre obraré tus maravillas al servicio del pueblo que me das.
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