Es ampliamente considerado uno de los finales más catárticos, técnicamente exigentes y emocionalmente explosivos de todo el repertorio romántico para piano.
Tras el fracaso absoluto de su Primera Sinfonía en 1897, Rachmáninov cayó en una profunda depresión y un bloqueo creativo que duró tres años. Gracias al tratamiento de hipnoterapia del doctor Nikolai Dahl—a quien está dedicado el concierto—, recuperó la confianza.
El estreno de la obra completa en 1901 supuso su gran regreso triunfal.
Tras un desarrollo complejo y una sección de fuga, el movimiento avanza hacia una monumental sección donde el segundo tema se proclama con la máxima potencia orquestal. La obra cierra con una vertiginosa coda que transmuta la oscuridad inicial del concierto en un do mayor resplandeciente, victorioso y masivo.