Ochenta años después recuperó el agujero, pero el nombre ya se había ido.
Durante cinco mil años, el valle del río Tinto, en Huelva, fue cantera de plata para fenicios y romanos, ruina abandonada durante catorce siglos y arriendo fallido de la Corona española.
En 1873, con el país en guerra carlista y sin rey, el Estado lo vendió en pleno dominio y a perpetuidad. Los británicos levantaron allí un ferrocarril de 84 kilómetros, el muelle de mineral más largo de España y Bella Vista, un barrio cerrado con capilla presbiteriana y pistas de tenis al que los españoles necesitaban permiso para entrar. También trajeron el fútbol, y el humo de las teleras que terminó en la matanza del Año de los Tiros.
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