La mutilación de niños con fines artísticos empezó a verse como una práctica bárbara. La Iglesia Católica y los gobiernos europeos terminaron por prohibir oficialmente la castración. En Italia, esta práctica se ilegalizó por completo tras la unificación del país en 1861.
Los castrati eran las estrellas indiscutibles de la ópera seria barroca. Con la llegada del Clasicismo y el Romanticismo, la ópera buscó un mayor realismo dramático y naturalidad, haciendo que estos personajes mitológicos e idealizados perdieran popularidad.
Los compositores del siglo XIX prefirieron adjudicar los papeles de héroes y protagonistas a las voces naturales de tenores y barítonos.
Al no existir ya los castrati, los directores musicales recurrieron a los contratenores (hombres que cantan en registro de falsete con un desarrollo técnico profesional) y a las mezzosopranos para revivir esos roles con la tesitura aguda original, pero de forma completamente natural y ética.
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