Arranca con una sutil pero tensa introducción orquestal que da paso a un tema principal enérgico, marcial y de aires gitanos, que recuerda al estilo de las danzas húngaras (un claro guiño al violinista Joseph Joachim, gran amigo de Bruch y a quien está dedicada la obra).
Rompe la agitación del tema principal con un segundo tema lírico, amplio y profundamente romántico, tocado por la orquesta y luego retomado con pasión por el violín solista.
El movimiento obliga al intérprete a ejecutar veloces pasajes de dobles cuerdas, arpegios complejos y saltos acrobáticos a lo largo de todo el diapasón.
Cierra con una vertiginosa sección de Presto que arrastra al solista y a la orquesta hacia un final triunfal y cargado de adrenalina.
Proponemos escuchar a Nikolaj Znaider, a quien cuando todavía era una joven promesa, con 25 años, pudimos disfrutar en el Teatro de la Maestranza, en el año 2001 con un inolvidable Concierto de Brahms.
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