Hace ya 27 años de aquello, año 1999, pero nunca olvidaremos ese momento en que se nos anunciaba la muerte de Alfredo Kraus, el tenor que convirtió el canto en una ciencia exacta y en un arte de caballeros.
Kraus no era solo una voz única, sino una forma de entender la profesión basada en la disciplina, el respeto absoluto a la partitura y una dignidad inquebrantable.
Kraus no buscó nunca el aplauso fácil ni los fuegos artificiales de la mercadotecnia. Supo esculpir su carrera con la precisión de un orfebre, seleccionando con mimo cada rol para proteger un instrumento tan valioso como su Voz.
Inmediatamente, y en su homenaje, se cambió el orden de las obras a interpretar, para comenzar con el Intermezzo de Cavalleria Rusticana.
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