Saludar al entrar en un bar, levantarse para ceder el asiento, acompañar a la visita hasta el portal, llevar algo cuando te invitaban a comer o aparecer en persona en un funeral eran gestos pequeños, casi automáticos.
Y precisamente por eso importaban tanto.
Lo curioso es que muchos no desaparecieron por rebeldía ni por mala educación.
Desaparecieron porque eran incómodos, requerían tiempo, atención y pensar un poco más en los demás. El problema es que, junto con esa incomodidad, también se fue parte del tejido invisible que hacía sentir menos solos a barrios, familias y vecinos.
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