En él cabían los bocadillos de tortilla, la abuela, los niños sin cinturón, el mapa Michelin, el calor de agosto y esa ilusión enorme de llegar por fin al mar.
No era cómodo, no era seguro y costaba una barbaridad para la época, pero cambió la manera en que España se movía, veraneaba y se imaginaba a sí misma.
Para muchos, aquel motor ruidoso no sonaba a coche: sonaba a progreso, a sacrificio y a una vida que empezaba a salir de la posguerra.
Quien redacta esta nota todavía conserva de forma muy vívida su primer coche, un 600 de color rojo y sobre todo un viaje desde Águilas a Madrid cargado de ajuar con destino a lo que iba a ser su primer hogar propio.
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