¿Quien es capaz de recordar ahora esas ¿grandes estrellas que surgieron de aquella Operación Triunfo?, salvo 4 o 5 nombres.
Afortunadamente el múndo de la Ópera es mas fiel y los nombres se mantienen durante muchos años, si bien no puede estar exento de acoger con entusiasmo cualquier nueva figura.
Esa figura, es actualmente Asmik Grigorian, que ha venido a complementar, nunca a sustituir a Lisette Oropesa.
Asmik Grigorian (soprano lituana de origen armenio) ha surgido para revolucionar la ópera actual mediante una intensidad dramática y una verdad escénica fuera de lo común, dándole un "halo de modernidad" a sus interpretaciones, evitando efectos innecesarios y apostando por una entrega total en el escenario.
The New York Times la describen como uno de los talentos más audaces, destacando su versatilidad y una voz "salvaje, rica y oscura".
Su explosión internacional definitiva ocurrió en el Festival de Salzburgo en 2018 con su interpretación de Salomé, dirigida por Romeo Castellucci, que dejó al mundo de la lírica asombrado por su fuerza física y vocal.
Aunque su voz no siempre se ajusta a los cánones de "belleza perfecta" técnica en todos los registros, su arrojo le permite abordar roles complejos como Rusalka, Jenufa, Madama Butterfly e incluso Turandot con una seguridad técnica que cautiva a la crítica.
En España se ha convertido en una figura de culto en teatros como el Teatro Real de Madrid (donde triunfó con Rusalka y recitales de romanzas rusas) y el Gran Teatre del Liceu de Barcelona.
Y esto dijo la crítica especializada sobre su papel en esta Turandot que promonemos.
Grigorian juega con una proyección penetrante, reforzada por la lámina metálica que recorre un instrumento de color personal, que le permite capear los asaltos orquestales. Si el grave y el centro tienen la adecuada consistencia, el agudo se despliega con la precisión de un láser, fácil y exultante hasta los diversos dos que aparecen en la partitura. Grigorian, por suerte, no es un mero fenómeno vocal, sino una intérprete que colorea las frases con una intensidad poco común, ofreciendo una infinitud de detalles en una Turandot que pasa de la evocación dolorosa de un trauma para nada lejano a la rabia vengativa y el veneno insidioso de los enigmas, hasta llegar a un deshielo emocional pocas veces tan creíble. Ayudaba no poco el hecho que Viena optara por el final original, más extenso, de Franco Alfano. La reacción del público ante este debut triunfal fue lógicamente entusiasta.
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