Algunos están en cosas pequeñas: el vaso Duralex que seguía en la cocina décadas después, el billete verde de 100 pesetas, el cassette grabado de la radio, la cabina donde una llamada podía cortar una familia por la mitad, o aquella televisión en color que reunía a los vecinos como si fuera un acontecimiento.
Fue una década de cambios enormes, pero también de objetos humildes que terminaron contando la historia mejor que muchos libros.
Quien vivió aquellos años sabe que no todo era bonito, pero tampoco era fácil olvidar el sonido, el olor y la sensación de una España que estaba dejando atrás una época sin saber exactamente qué venía después.
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