Ya sabemos que el número 11 no es el más redondo para terminar el ciclo que hemos estado dedicando a las óperas con un final impactante.
No obstante, ante los calores que estamos sufriendo en Sevilla y en toda España, suponemos que será distinto en Bayreuth, hemos decidido aparcarlo por el momento, aunque no sea de forma definitiva. Y lo hacemos precisamente con Wagner.
EL OCASO DE LOS DIOSES.
Brünnhilde, ya recuperada de la maldición del anillo y comprendiendo la responsabilidad de Wotan en la tragedia, ordena erigir una pira funeraria junto al Rin para honrar a Sigfrido.
En un acto de redención, se quita el anillo maldito del dedo del héroe muerto y, tras un discurso final, declara que el poder ha sido disuelto en nombre del amor.
Brünnhilde misma enciende la pira, monta su caballo Grane y se lanza al fuego, consumándose el sacrificio. El fuego se extiende hasta el Walhalla, que arde en el cielo junto con todos los dioses allí refugiados, incluido Wotan, quien permanece inmóvil en su trono mientras las llamas lo devoran.
Esta catástrofe escenifica el cumplimiento de la profecía de Erda y la redención por el amor, cerrando el ciclo del Anillo con la destrucción del orden antiguo y la liberación del mundo de la maldición.
Esta escena, conocida como la “Inmolación de Brünnhilde”, es una de las más emblemáticas del repertorio wagneriano, reuniendo múltiples leitmotiv de las cuatro óperas del ciclo (como el de Loge, el Walhalla, la redención por el amor o el amor contrariado) para crear un final apoteósico y trágico.
Tras más de 15 horas de música y drama, esta escena es el punto de resolución total, dando al público una catarsis que combina tragedia, esperanza y destrucción.
No hay comentarios:
Publicar un comentario