El final de Rigoletto es devastador porque junta tres ideas a la vez: venganza frustrada, culpa paterna y castigo del destino.
Verdi convierte esa escena en una tragedia íntima, donde el golpe más fuerte no es la muerte del Duque, sino que Rigoletto descubra demasiado tarde que ha perdido a su hija y que la maldición de Monterone se ha cumplido
En el acto final, la tormenta, la posada de Sparafucile y el intercambio del cuerpo convierten la venganza en ironía cruel: Rigoletto cree tener en sus manos al Duque, pero en realidad sostiene el cuerpo de Gilda. Ese final funciona tan bien porque no cierra una acción heroica, sino un malentendido trágico.
Gilda muere por amor y por sacrificio, mientras Rigoletto queda destruido por su propio plan, lo que hace que la obra no termine en triunfo ni en justicia, sino en vacío moral.
Además, el contraste entre el canto del Duque desde la posada y el descubrimiento del cadáver da a la escena una crueldad teatral extraordinaria. Por eso suele considerarse uno de los finales más golpeantes del repertorio verdiano.
Y para nosotros, hablar de Rigoletto nos lleva inmediatamente a pensar en Leo Nucci, en nuestra opinión, el mejor Rigoletto de los tiempos modernos.
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