No había ubicación compartida, ni mensajes cada cinco minutos, ni fotos guardadas para siempre.
Solo una hora de regreso, una plaza, una cabina cerca por si acaso y esa mezcla rara de confianza, riesgo y libertad que marcó a toda una generación.
Los años 90 no fueron perfectos, ni mucho menos. También tuvieron miedo, corrupción, paro, excesos y heridas que todavía pesan.
Pero para quienes crecieron entre cassettes, televisión compartida, tardes sin móvil y planes improvisados, hubo algo que hoy parece casi imposible: vivir una parte de la infancia sin estar vigilado. Y quizá por eso duele tanto recordarlo.
No hay comentarios:
Publicar un comentario