La batalla se produjo en el contexto de la crisis sucesoria portuguesa desencadenada tras la muerte del rey Sebastián I y la posterior desaparición del cardenal Enrique.
Felipe II, que también reclamaba la Corona portuguesa, encargó la invasión al duque de Alba, entonces un veterano comandante de 72 años.
La victoria abrió el camino hacia Lisboa, que cayó dos días después, y consolidó la incorporación de Portugal a la Monarquía Hispánica. En 1581, Felipe II fue reconocido formalmente como rey de Portugal con el nombre de Felipe I, iniciándose la unión dinástica conocida como Unión Ibérica, que se mantendría hasta 1640.
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