Tuvo una relación ambigua y muy polémica con el nazismo: no fue miembro del Partido, ayudó a muchos músicos judíos, pero permaneció en Alemania y dirigió bajo el Tercer Reich, lo que le valió acusaciones de colaboración.
Tras la guerra fue sometido a procesos de desnazificación en Viena y Berlín, acusado de apoyar al nazismo por haberse quedado en Alemania y haber dirigido en actos oficiales.
Él alegó que permaneció “no porque fuera nazi, sino porque era alemán”, que su misión era preservar la música alemana.
Finalmente fue exonerado y pudo volver a dirigir, pero la controversia nunca desapareció: para algunos es un ejemplo de “resistencia desde dentro”, para otros, un gran artista que aceptó demasiadas concesiones morales.
Bayreuth reabrió el 29 de julio de 1951 tras siete años de cierre, con un concierto inaugural dirigido por Furtwängler que incluyó la Novena Sinfonía de Beethoven.
Wilhelm Furtwängler introduce varios silencios memorables en su interpretación de la Sinfonía n.º 9 de Beethoven, pero el más icónico es la pausa dramática antes de la entrada de la Oda a la Alegría en el cuarto movimiento (Finale), que genera una tensión apoteósica y que en aquella ocasión duró entre 10 y 15 segundos.
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