Matías Prats narraba partidos legendarios como el España-Inglaterra del 50, y Diego Valor llevaba a los niños hasta Venus cada quince minutos de pura imaginación.
Pero tener uno de estos aparatos costaba meses de sueldo y se pagaba a plazos como si fuera una casa. Cada tarde se encendía con ritual, esperando pacientemente a que las válvulas se calentaran mientras el país entero guardaba silencio obligado.
¿Recuerdas el olor a madera caliente y el zumbido característico?
¿Conociste el carnet de radioyente?
Aquella España de dos velocidades donde algunos tenían radio propia y otros acudían al bar del pueblo a escuchar juntos las noticias.
No hay comentarios:
Publicar un comentario